Diálogos con besugos.
(I ) El saludo de la pareja de guirres. Agarro el pelo con una goma, tenso para que el aire arenoso y anarquista no penetre hasta el cuero cabelludo. Ahí, arena, sudor, piel seca, vello imberbe y frágil se combina con el sol en una costra que, bajo la canícula, presiona mi cráneo como una cabeza de jíbaro. Hay aire, y las huellas se borran del camino del médano. Apenas, la sombra de colador de las aulagas protegen el suelo del sol infecto. No hay tonos medios en el paisanaje contrastado de azúl intenso, amarillo aún más intenso, negro azabache de lajares y el verde grisáceo en matorrales, tabacos moros y espinosas espárragueras. Una atmósfera de calima y maresía evaporada diluye los perfiles. En el suelo, entre dunas consolidadas por las momias mirladas de los tarahales dispersos, fósiles de nidos de avispas hechos con arenisca. Todo parece sequedad y desierto. Pienso que si muriese me encontraría, al cabo de algunos meses, jareado como se orean al sol viejas y besug...