Diálogos con besugos.

(I) El saludo de la pareja de guirres. 

Agarro el pelo con una goma, tenso para que el aire arenoso y anarquista no penetre hasta el cuero cabelludo. Ahí, arena, sudor, piel seca, vello imberbe y frágil se combina con el sol en una costra que, bajo la canícula, presiona mi cráneo como una cabeza de jíbaro. 

Hay aire, y las huellas se borran del camino del médano. Apenas, la sombra de colador de las aulagas protegen el suelo del sol infecto. No hay tonos medios en el paisanaje contrastado de azúl intenso, amarillo aún más intenso, negro azabache de lajares y el verde grisáceo en matorrales, tabacos moros y espinosas espárragueras. Una atmósfera de calima y maresía evaporada diluye los perfiles. 

En el suelo, entre dunas consolidadas por las momias mirladas de los tarahales dispersos, fósiles de nidos de avispas hechos con arenisca. Todo parece sequedad y desierto. Pienso que si muriese me encontraría, al cabo de algunos meses, jareado como se orean al sol viejas y besugos.

Pero pronto adivino que no sería así. 

Una pareja me lo recuerda. Guirres, jóvenes por blanco bajo sus majestuosas alas acabadas en flecos. Curiosos, bailando un minué en la vertical que alinea con precisión mis pies, mi cabeza y el punto central de su círculo aéreo a escasos cincuenta metros. Así me acompañan sobre mí, paralelos al suelo, durante cinco minutos. Luego, rompen la simetría y se elevan. 

Al día siguiente se repite. Y al siguiente también. 

En la comunidad donde vivo, al borde del campo de dunas, pregunto a los vecinos por los alimoches. Pero nadie los ve. Quizá ocasionalmente, como si ya no fueran por ahí. 

Sin embargo, a las diecisiete, a esa hora que el sentido común te dicta que mejor la siesta bajo el techo y frente a la tele, los guirres, desde que me vine a la Dehesa de Huriamen y paseo, tarde tras tarde me saludan. Saben que soy yo, que no tengo intención de ser por ahora su sustento; pero, con el ritual de los amigos, me cuentan a diario que cuando desfallezca ellos me elevarán para, que de nuevo, como si fuera en un viaje astral, podré gozar de la sequedad de las dunas y las ruinas pétreas de lajas negras de lava abandonadas que no hace mucho eran habitadas. 


(II) Conjura canina. 

Hace  20 000 años los lobos nos eligieron. Nunca fueron domesticados sino que hubo una mutua colaboración, como una simbiosis licántropo-homínida. 

Cuando el erectus empezó a asentarse el lobo dedujo que había más alimento con los bípedos cediéndoles parte del suyo, para ellos el diezmo de las sobras, que devorando a esos monos lampiños como si fueran liebres, conejos u ovejas despistados. 

Los humanos parecían sociales e inteligentes y ¡se llegó al acuerdo!. 

España, 2040, 14 millones de perros y 6 millones de niños. Hay crisis y el precio de los piensos se multiplica x10. Los seguros de mascotas, las minutas de los veterinarios y las sanciones municipales también se han disparado. 

Muchas parejas, sin niños, presionadas por los precios en alza, olvidarán los sucedáneos afectos para, al final, dejar escapar a las famélicas mascotas. 

La reducción de la natalidad incorporó a canes y felinos al ámbito familiar. Creció hacia ellos sentimientos filiales que hssta algunos perros se creyeron homínidos. 

Mas la generalidad no perdió los sentimientos gregarios de sus antepasados. 

Ladridos de tertulias caninas, durante la crisis llenan la atmósfera  con noticias de manadas de hasta 100 individuos. Perros, hasta entonces igualmete burgueses, ignorantes del mundo no metropolitano (más allá de  parques y aceras donde dejaban su marca olfativa -propietarios de esquinas y farolas que resisten el hipoclorito con el que el amo intenta borrar la memoria prehistórica) especulan distópicos la emancipación silvestre.

Los más huesudos galgos, a los que se le ha reducido la ración a la cuarta parte, sueñan con un paraíso libertario: la romántica república socialista de caninos oprimidos. 

Sin pienso, tampoco pájaros confiados; ni siquiera  ratones y ratas ni lagartos,  antes más plácidos, que se dejaban fácilmente cazar, aseguran ahora el peculio. 

Los rebaños de ovejas y cabras, de las que se hablaba en la épica ladruna- aún sobreviviente en la tradición hocicuda-, si existen, estarán a cientos de kilómetros de las urbes dormitorios, el único universo conocido. Entonces reflexionan: ¿de qué nos alimentaremos recuperada nuestra independencia y libertad caninas? 

Los municipios, percatados del peligro para los escasos bebés y niños, también delgados a la fuerza, especulan cómo podrían ser objetos del ataque solidario de los que han recuperado su capacidad ancestral de cazadores grupales. 

Algún edil  plantea el control final de los asilvestrado antes de que lo sean. 

Pero es contestado por muchos, antiguos amos, con sentimientos  de culpabilidad por el  abandono de sus, en la práctica, descendenciass. La vecindad  se aproxim a una confrontación fratricida y civil. 

El asunto de las manadas asilvestradas llega a todas las grandes ciudades que responden con reacciones tan variadas como sus estilos sociales

Volvió de moda el consumo caníbal de carne de perro y, aunque no era políticamente correcto, variopintas recetas gastronómicas inundan la red.

Otros, con escrúpulos culinarios,  proponen para los caninos enfermedades hasta ahora desconocidas. Quizá por ética, por miedo a las zoonosis, o por intereses de las farmacéuticas pronto, con cada nueva enfermedad, aparecera un remedio o vacuna. 

La información, al principio ocultada,   fue sustituyéndose por propaganda. Los casos de bebés humanos devorados; de agresiones a ancianos; supuestos ataques colectivos a nunca existentes granjas avícolas en los suburbios de las ciudades; hasta se habla de extrañas violaciones grupales a muchachas. Se  llenan los espacios amarillistas de la red hasta propagarse el temor como una explosión. Pocos meses, para que el mejor amigo del hombre pase a convertirse en su primer enemigo. ¡Incluso los animalistas, por miedo a las represalia, se callan! 

Fanatizados humanos persiguen a  convecinos que, aún responsables, han mantenido a sus mascotas, en general, esterilizadas y en la innopia. Mas, por temor al linchamiento social,  sus amos, las alejan de las enemigas y arriesgadas aglomeraciones para ser liberadas en el extraradio. 

Las modas estadísticas siguen gráficas de plácidos crecimientos moderados que, sin aparente aviso, como una emergencia sistémica, crecen asintóticamentr para, a continuación, caer como lo hace un suicida desde el acantilado al mar. 

Tarde, la humanidad comprendió que en la antigüedad de 13 mil años, los animales que se domesticaron en grandes rebaños eran herbívoros. 

Hasta con los cerdos, más plurales en su dietas, los pretéritos se anduvieron con sigilo. Gracias a su poco ergonómica cabeza, impedida para alzar la vista con dignidad, viven en un mundo 2 D, XY; y ese terraplanismo porcino ha sido su debilidad: la cooedenada Z,  privilegio de la tercera dimensión,  los consiguió dominar (sin que se enterasen). ¡Fue la única excepción! 

Ahora, a las puertas de la gran bifurcación, los humanos, creyentes  de que la inteligencia era de su exclusividad, de nuevo, milenios más tarde, imploran al cielo para que los canes no desarrollen la conciencia del poderío de sus mandíbulas. 

¡Hay que cumplir los pactos! 



(III) Desayuno con Félix.

Fui a tomarme un café a casa de mi vecina, Cinzia. Cuando mezclaba el café de la máquina espresso con agua helada, saltó a la puerta corrediza, separada del árido jardín, cubierto de rofe, con una cortina que liberaba el interior de su apartamento del sádico lorenzo de agosto con quince días seguido de calima, para chillarle, fuera de sí, rebasada por la indignación, en un italiano cuasi obsceno, al gato que le meaba la planta de albahaca: “Maledetto gatto, piscis tu puttana mamma! “. 

-En mi jardín no mean. Le dije.

-Pues aquí sí. Y ya no vienen los pájaros. ¡Porca miseria!... -hizo algo de silencio para reponer la poca cordura que le quedaba. - ¡Hasta los tomates no maduran!. 

-¿Por la meada de los gatos?. 

-¡Si!. 

-Creo -le dije magistral -que los tomates no maduran porque les pones demasiada agua. 

 -Cosa mi mancava! 

Y mientras ella entraba en la casa, subía la cremallera con la que cerraba la traslúcida cortina, otro gato, negro, chico, con un collar de cuero, se paseaba entre los intentos de un melonero de enredarse en una caña clavada, pero sin pararse a rociar con su pipí la curcubitácea, bajo el atento rayo asesino de la mirada de la pobre amiga atormentada ante tamaña e injusta osadía felina. 

Pensé, sin atreverme a decirlo: "¡estos gatos se están vengando!"

Los animales nos entienden. Y como su sistema fonador es diferente al nuestro nos hablan aunque mucho no los escuchan. En especial los más estúpidos. En la misma urbanización,  gatos que visitan el jardín de Cinzia pasan por mi casa. Sé que entran a merodear pues están al tanto que, detrás del frigorífico, vive un perinquén, a veces dos… o más. 

Por la noche, el techo de la casa está más caliente que la espalda de la nevera y los lagartos con ventosas se pegan a las alturas a la caza de moscas y temperatura. No creo que refrigeran la casa pero sí me libran de los pesados insectos nocturnos. 

 Una noche, uno de los félidos confianzudos, alzado encima de la nevera, tenía enfilado al perinquén pegado al techo, a una distancia de un metro y medio. En el preciso momento en que iniciaba su vuelo, encendí la lámpara, intermedia con su objetivo al que, adiviné, quería saltar. 

El gato, sorprendido por la súbita luz, falló el intento y, para no precipitarse se agarró al mimbre de la lámpara de ikea, que, con él, penduleó hasta, por fin, caer al suelo. 

 Convencido de la, más que probable, venganza al modo de la de  Cinzia, reprimi el chillido recordatorio de la maternidad del gato que solo fue escuchado por mi sorpresa muda. Mas, inseguro,  por si acaso el félix fuera capaz de descubrir mis malos pensamientos, me acerqué a la tienda de animales, compré una bolsa de pienso para gatos y dos platos, para el pienso y el agua. A la mañana siguiente, temprano puse los platos que, sin que fuera testigo, se vaciaron. Comprobé, por cierto, que la familia de lagartos domésticos realquilados en mi casa, seguía sin novedad, y que mis personales plantas, en mi jardín de 10 metros cuadrados, a saber, dos intentos de aguacateros que no pasan de bonsáis, un drago, más vago que los habitual para esas perezosas plantas y una mata alegre de albahaca, no habían sufrido los ataques nitrogenados de los felinos iracundos. 

Durante días, a la hora temprana de mi desayuno, le ponía el de los gatos. Y, a la semana, la confianza se había restablecido. Tres felinos, uno rubio, que resultó ser gata, otro, el negro saltimbanqui, y otro, mixturado entre negro zaino con manchas de blanco inmaculado, me visitaban en el momento preciso en que sacaba mi café con leche a la terraza, aún el sol a muy baja altura sobre el horizonte.

Entregada en confianza, la gata rubia empezó a hablarme. Sentada, en posición gallarda, frente a los platos, pero con la cabeza altiva permanecía inmóvil. No me miraba ni me decía miau. Pero no bebía ni comía de los platos. 

Era verdad que, ese día, abatido por el insomnio, los había puesto, como para entretenerme con el exceso de tiempo, una hora antes de lo habitual. Me quedé reflexionando, también impasible, mientras ella ¡como si no estuviera! Al final comprendí (o me hizo comprender). Me acerqué, cogí el plato con el agua, se la tiré a la planta, entré, lo llené de nuevo, lo puse en su sitio y, entonces, se aproximó y bebió como debía hacerlo a diario. Terminó, y, entonces, a igual distancia pero a la altura del plato con la comida, repitió la posición y el mensaje. Cogí el plato, tiré el poco pienso que había, lo sustituí por otro, se lo puse y comió. Luego dijo miau y se fue. 

Desde entonces, cuándo quiere, viene, me habla y le sirvo su desayuno. Inmediatamente después se despide, y los otros, menos protocolarios, rebañan el plato de pienso, beben y se van. 

Por la tarde, se acerca de nuevo y como el calor me oculta dentro, desde afuera, sin entrar, como para no inquietar al perinquén, me mira desde la abertura para que corra el aire de la puerta corrediza que me separa de la terraza. Me acerco a ella que, de nuevo, en la posición de la diosa Bastet se retira y se asienta frente a un punto, esta vez no fijo, en el que desea comer. Tras varios intentos, me ha dicho que a la hora del té prefiere leche fresca de la nevera, en vez de pienso y de agua. Se la pongo en el lugar que me indica y, como no sabe eructar, o no lo hace por educación, satisfecha simplemente me dice miau miau, se acerca a mi pierna, con delicadeza me roza y se va. Entonces la comitiva llega, limpian el plato de leche y, sin mostrar agradecimiento, desaparecen.

Un día puse en el plato menos leche de lo habitual. Se me había acabado el tetrabrik de la nevera. La gata repitió la liturgia, pero no hizo miau, ni me acarició. Simplemente se quedó, como indiferente, frente a su plato vacío.

- ¡Te entiendo! - dije. Me acerqué, abrí otro bote de leche, y , aunque no estaba frío, la añadí al plato.  Sin probarla, me maulló, me acarició la pantorrilla con delicadeza y se fue para, inmediatamente detrás, venir los dos adolescentes a consumir sus meriendas. 

 En Huriamen a 18 de Agosto de 2025



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